Esta es la versión dulce y sanitizada de la estupidez corporativa, donde la experiencia real es un vendedor ambulante que te observa de arriba a abajo mientras comienza a llover, para determinar cuánto puede estafarte: ¿$10? ¿$15? ¿$20? No importa, el paraguas que te venderá se romperá con la primera ráfaga de viento.